Hacía dos semanas exactas que no salía a caminar. Bajando del refugio Frey, con el cuerpo ya al límite después de subir al Catedral Sur desde Peumahue, me doblé el tobillo. Siguieron varios días de hielo, ibuprofeno y un regreso lento al movimiento.
Llegué a este fin de semana buscando una salida tranquila para probar la recuperación. En ese momento, pareció una buena idea llegar hasta el cerro Centinela como objetivo principal y el cerro Simone como una cumbre optimista, si el pie respondía.

El plan era flexible pero a esta altura ya nos conocemos todos. Si hay posibilidades de seguir, es difícil quedarse.
El inicio en el Brazo Huemul
El cerro Centinela es, en la práctica, un balcón sobre la Ruta 40, entre Villa La Angostura y Bariloche. El sendero nace en la desembocadura del río Huemul, en el inicio del brazo homónimo del lago Nahuel Huapi.
Son menos de 4 kilómetros de ida, con un tiempo estimado de una hora y media. El cerro Simone, en cambio, es la cumbre que sigue y se alcanza copiando el filo hacia el norte. Llegar hasta allá y volver demanda 20 kilómetros y 1700 metros de desnivel acumulado.
El primero está en el registro de trekking; el segundo, no.
Esta salida nació de una decisión apurada. La noche anterior, movido por las ganas de volver a la montaña tras la lesión, decidí el plan sin el compromiso que el Simone exige. No hubo una evaluación consciente del recorrido ni una estimación real de agua y comida. Fue, desde el origen, una caminata subestimada.
Llegué tarde. A las 11 pasé la tranquera, dejé atrás los carteles informativos del Parque Nacional Nahuel Huapi y entré en el bosque de coihues junto al río. Los primeros metros son llanos, casi flotando entre los árboles, antes de que empiece la subida sin pausa hacia las lengas bajas. El sendero por momentos se siente como un túnel y las vistas alternan entre el valle del Huemul, con el cerro Alfredo enfrente, y una quebrada sobre la ladera del Simone.
Llegué a la cumbre del Centinela rápido. Había grupitos de personas desparramados en distintos miradores. Hacia el sur, el lago Nahuel Huapi, la isla Victoria y el Tronador allá lejos.
El día estaba radiante, la brisa era ideal y el tobillo impecable. ¿Sigo? Obvio.
El quiebre del sendero
Hasta aquí, el recorrido estaba perfectamente señalizado: el sendero limpio y marcas o estacas rojas. A partir del mirador del Centinela se abría otro capítulo. Ya no sería tanto un paseo y sí una prueba de resistencia.
Pagar con el cuerpo la mala planificación.
Este es un relato de mi experiencia. No lo tomes como una guía o recomendación para llegar al lugar. Este sendero no figura habilitado por parte de Parques Nacionales y lo recorrí bajo mi responsabilidad
Desde el primer filo hacia el Simone, el sendero se divide en infinitos recorridos. Algunos conservan el suspiro de una mancha de pintura roja; otros son simples rastros de animales que se adivinan entre la vegetación a la altura de las pantorrillas.
Para esta salida quise guiarme solo con la última adquisición: el Garmin inReach Mini 2.
Mi intención era usarlo como GPS principal vinculado al celular por Bluetooth. Si evito el GPS del celular, puedo ahorrar batería. Llevaba el track que bajé de Wikiloc (de Mario Prastalo) cargado en el Garmin como primera opción ante cualquier duda. Como segunda alternativa, la APP de Garmin Explore en el celular con el mapa del área descargado.
Después de ese primer filo, el recorrido sube hacia otra loma por el lado sur de la ladera. Desde allí, hay que hacer un giro de 90° hacia el norte. Queda faldear la arista oeste perdiendo altura al principio para llegar a una segunda loma, bajando vertiginosamente a un valle y encarando finalmente la subida más empinada del día.
Este tramo no es un sendero habilitado por el PN Nahuel Huapi. No tiene mantenimiento y las marcas rojas son tenues, escondidas entre troncos y ramas caídas.
La navegación y el límite
Desde el punto de giro al norte, la vista es gigante: el Nahuel Huapi, la Isla Victoria, la Península de Quetrihue y el infinito de la cordillera más allá.
Confiado, seguí las marcas rojas hasta perderlas en un faldeo pelado. Al consultar el inReach, descubrí que el track de Mario estaba varios metros arriba de mi posición. Empecé a subir apuntando al bosque y encontré varios senderos que se metían bajo los árboles. El track, sin embargo, seguía lejos, pero la dirección era la misma.
El tránsito por abajo de los árboles fue con mucho trabajo, casi saltando de una huella a otra entre ramas o árboles caídos.
Al final de la última loma, la pendiente cede en un sector de sombra, justo antes del capítulo final en la trepada a la cumbre.
Paré a descansar y me comí una manzana: mi última fruta. A partir de ahí, solo me quedaba una barrita de proteína y medio litro de agua. De los 20 kilómetros totales, estaba recién en el kilómetro 8.
Quedaba una bajada rápida al valle que forma la base del cerro, justo antes de la trepada final.
Casi tomando envión, bajé la pendiente y atravesé el vallecito entre el bosque. Buscaba algunos minutos más escapando del sol antes de la subida.
Primero arena fina, después arena un poco más gruesa y después piedras sueltas. Así fue la subida. Miraba hacia arriba y se sentía como un muro. Buscaba disimular la pendiente yendo de un lado a otro pero cada tanto ponía primera y apuntaba hacia el cielo.
Cumbre y regreso en seco
Ya sabía que la cumbre que veía era un engaño.
La cumbre del cerro me esperaba al final de otra cresta. Por allí reaparecieron los puntos rojos que confirmaban lo que iba adivinando. Faldear la línea del filo un poco más abajo hasta la última trepada.
A las 17:00 estaba en la cumbre del cerro Simone de 1899m. Habían sido 6 horas de caminata, 11 kilómetros recorridos y 1400m de ascenso.
La última gota de agua salió de la botella para ayudar a bajar la última barrita de proteína. Me quedaba todo el regreso sin agua ni comida. Apareció una ampolla en el talón derecho, aunque el tobillo izquierdo seguía firme.
El retorno desde el Centinela fue una lección de resistencia. Tenía la boca tan seca que me concentraba en respirar solo por la nariz para no perder la poca humedad que me quedaba.
A las 20:30 estaba arrodillado al borde del río Huemul, sin mochila ni bastones, con la cabeza metida en el agua fría y bebiendo a borbotones.
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Muy buena la travesía Janis. La próxima te llevas una bolsa y dormís por ahí. Y de paso no te cansás tanto. Un abrazo y felicitaciones