Laguna Negra es, de los 4 Refugios de Bariloche, el destino que casi nadie ve en invierno. Es el único que cierra en temporada de nieve, y el sendero que lo lleva hasta ahí tiene peligro de avalanchas.
Este relato es de una caminata solo, sin nevadas importantes en la zona pero con nieve profunda desde la mitad del camino, y con una decisión tomada de madrugada que después terminó siendo la que resolvió todo.

Caminata en invierno
Este año, a pocos días de julio, seguíamos sin nevadas importantes en la zona, y me pareció una buena oportunidad para conocer la laguna en esta temporada.
El pronóstico del fin de semana
El pronóstico para el fin de semana era confuso pero, como es mi costumbre, lo interpreté a mi favor: según lo vi habría tormenta durante la noche del viernes hasta las 7 de la mañana del sábado, después mucho frío pero sin viento hasta la madrugada del domingo, cuando volvería a soplar fuerte. Sumado a que el sendero figuraba habilitado en el registro de trekking, no quedaba más que armar la mochila.

La mochila
Sobre la base habitual no dudé en meter la bolsa de dormir Deuter Astro Pro 1000 de -11, un liner, aislante y colchoneta. Reforcé el abrigo con un par de medias adicional, guantes y unas nuevas polainas de travesía. Además subí un poco las calorías con nueces, pasas, papas fritas y chocolate.
La noche del viernes el pronóstico acertó con la lluvia en Bariloche. Me levanté temprano para desayunar y, apenas salió el sol, vi nieve en los cerros y algunos manchones en el patio de casa. Si había nieve en la puerta de mi casa, ¿cómo estaría la subida por el caracol a Laguna Negra?
¿Qué hacer? Siempre se puede regresar, pero si no voy, nunca voy a saber si podría haberlo hecho.
Romi terminó de inclinar la balanza: “tenés el equipo y estás preparado”. No tenía excusas. A las 10 de la mañana nos despedíamos en el inicio del sendero, a metros del puente sobre el arroyo Goye, en Colonia Suiza.
El sendero en invierno

Un cartel avisaba que el sendero estaba cerrado por emergencia climática. Para no perder la costumbre, lo interpreté también a mi favor intuyendo que se refería a la tormenta de la noche anterior y no a los días siguientes.
Automáticamente empecé a grabar el recorrido en el Garmin inReach —dudé un segundo, porque el sendero a Laguna Negra está súper registrado y no tiene variantes, salvo la subida por Italianos—, pero algo me dijo que lo dejara grabando.
Esa duda de dos segundos iba a terminar siendo la decisión más importante del fin de semana.
El día estaba realmente gris, con nubes bajas. Los primeros kilómetros los caminé bajo un bosque oscuro y húmedo, aunque desabrigado y sin apurarme: buscaba no transpirar como el fin de semana anterior, cuando subiendo al Tres Reyes llegué al filo del anochecer con la remera empapada y helada.
Pasé la bifurcación al cerro Goye y avancé por el valle, subiendo y bajando quebradas, hasta que sin darme cuenta el bosque se había pintado de blanco. Casi al mismo tiempo el sol se asomó por el norte y empezó a derretir la nieve de los árboles: mi plan de no mojarme ya estaba en peligro. Aproveché un espacio de tierra seca para cubrir la mochila con la funda y seguí esquivando los chaparrones de agua y nieve que se desplomaban de las copas.

Poco a poco los pasos se hacían sordos en la nieve, cada vez más profunda.
De un mallín a otro, esquivando por un costado los puentes de madera resbaladizos, el bosque volvió a enfriarse: estaba entrando en el cono de sombra que el cerro Marino impone sobre el valle. Ya no caían gotas de deshielo ni copos desde las ramas altas —todo estaba gélidamente intacto, blanco y en sombras, casi sin sonidos— y ahí, bajo un lejano cielo celeste, aparecieron las cumbres nevadas del cerro Negro y el Gordo.
Rancho Manolo
Llegué al área de descanso conocida como Rancho Manolo y encontré un cartel clavado en un árbol: el refugio de Laguna Negra estaba cerrado, y pedían ser respetuosos.

No entendí bien a qué se referían —¿respeto para no acercarse? ¿por las instalaciones?—, pero que estuviera cerrado ya lo sabía. Aun así, el cartel me hizo frenar un segundo a evaluar de nuevo la situación: ahí nomás empezaba la subida, el cruce del arroyo y el caracol. La nieve ya me cubría los tobillos.
Empecé a subir pisando nieve lisa y fresca, con el arroyo cayendo en cascadas a mi derecha y las paredes del cerro Marino pareciendo preguntarme si estaba seguro de lo que hacía.
El sendero más arriba aprovecha el cauce de un arroyito que en verano se cruza a los chapoteos y que ese día se quebraba en cristales de hielo.

Crucé el arroyo que baja del cerro Navidad pisando entre piedras pintadas de blanco, mientras arriba el sol empezaba a evaporar la humedad del valle y tejía bufandas de niebla bajo los picos brillantes. Arriba era un día radiante; acá abajo, la calma en sombras bajaba por el caracol con la nieve intacta.
El maldito caracol con nieve
Saqué las polainas de la mochila y seguí con más confianza. Unas huellitas diminutas cruzaban el sendero blanco. En los tramos más empinados el sendero desaparecía y tuve que consultar el track; la nieve, cada vez más profunda, me obligaba a trabajar de más en los escalones más altos.

Me quedaba la recta final. Pero ahí la nieve ya llegaba a la rodilla y, cuando me hundía un poco más, llegaba fácil a la cadera.
Conocer bien el sendero en verano me ayudó a anticipar la dificultad del último tramo: el caracol terminó donde siempre, y una caña colihue con un plato naranja asomando sobre la nieve parecía decirme que no siguiera por ahí, que buscara trepar por una canaleta a la derecha.
Levantaba las rodillas sobre la nieve con mucho esfuerzo, tanteando con el bastón los lugares con menos profundidad. Por momentos quedaba con las piernas atrapadas y no parecía haber más salida que rendirse y bajar.

En uno de esos momentos, apoyado en el bastón recuperando el aire, miré hacia atrás y me pareció ver algo: busqué los anteojos y logré enfocar una figura humana en el caracol, avanzando hacia arriba. Quizás no iba a estar solo esa noche.
¡Pero faltaba tan poco! Ya eran más de las 16, y un poco más arriba se veía el filo. Tan cerca y tan lejos: cada paso costaba, y la única táctica era probar un rumbo, hundirse, volver e intentar otro. Tampoco podía quedarme quieto porque seguía del lado en sombras del valle, donde el cuerpo se enfría enseguida.
Llegué al filo justo a tiempo para redescubrir el sol. La laguna tenía una fina capa de hielo opaco, el refugio estaba vacío y los espacios de acampe entre reparos, cubiertos de nieve.

Lo que en verano son 20 minutos de caminata esta vez me llevó una hora de pelea, y lo único que quería era meterme en la bolsa de dormir con un mate caliente entre las manos. Pero primero había que encontrar dónde armar la carpa.
Acampar en la nieve
Desde el filo bajé resbalando entre hielo y nieve y, en lugar de buscar un lugar de acampe bajo las lengas, me desvié a la cara este, mirando el valle del arroyo Goye y el Cerro Navidad. Armé la carpa y la dejé lista, con el aislante y la colchoneta desplegados, pero sin sacar la bolsa de dormir de su funda para que no se humedeciera.
Me quedaba pendiente juntar agua y quería sacarme una duda sobre el refugio. Así que caminé con esfuerzo en nieve profunda hasta el puente en el inicio del arroyo. Siempre me había preguntado si el refugio quedaba accesible cuando está tapado de nieve —la lógica dice que sí, para eso está, pero también pensé que en los tiempos que corren podrían haberlo cerrado por protección—.

Probé la traba y la puerta se abrió sin resistencia. Todo estaba oscuro y en silencio. Preferí no entrar. No sé bien por qué: quizás las advertencias del camino me fueron programando para dejar el lugar sin tocar, o quizás es que nunca sentí a los refugios como parte del sendero —siempre están tan cargados de gente que solo entro si es necesario—. A lo mejor, al no sentirlo propio, como una casa, elegí no meterme.
Cargué agua en la laguna junto al refugio y volví a la carpa. Las piernas ya amagaban con algunos calambres: me había olvidado por completo de los electrolitos. Recién ahí, recortada a lo lejos en la nieve, apareció la persona que venía subiendo detrás mío: era Stan, ruso con algunos años en Argentina, que al acercarse me agradeció señalando mis polainas —no tenía las suyas, y mis huellas le habían facilitado el ascenso—. Según su plan, dormiría en una funda de vivac cerca del filo. Un valiente.

No quedaba mucho más por hacer. El horizonte cambió a un violeta helado: el sol hizo lo que pudo, pero el frío cubrió todo.
Llega el viento
Cené metido en la bolsa y, antes de hacer el esfuerzo de caminar de nuevo hasta el borde de la laguna, me recosté en la entrada de la carpa y fui derritiendo cucharadas de nieve en el jarrito, hasta dejar el termo cargado con agua caliente por si la bolsa de dormir no alcanzaba. Los calambres ya no amagaban: aparecían sin aviso. Tomé una pastilla de sales, pero ya era tarde, y tuve que reforzar con ibuprofeno para poder descansar.
Antes de dormirme empecé a escuchar la lona moverse con el viento, y así siguió toda la noche. Cada vez que resurgía a la conciencia notaba más viento. Debería haberme quedado en el bosquecito, pensaba.
A las 5 de la mañana la carpa definitivamente se sacudía con fuerza.
Intranquilo, trataba de consolarme pensando que era solo viento, que bajando un poco hacia el caracol iba a estar menos expuesto. Pero, ¿y si estaba todo cubierto? ¿Cómo iba a encontrar la bajada correcta hasta el caracol?
Me asomé y había nieve volando entre nubes cerradas y muy bajas —no estaba nevando, era la nieve en polvo del día anterior levantada por el viento—. A esa hora ya sabía que mi cabeza no me iba a dejar dormir de nuevo, así que en vez de quedarme imaginando activé el regreso.
Tengo que salir de acá

Teniendo en cuenta ya había mucho viento, que el cielo ya estaba cerrado y que el pronóstico me había anticipado que a partir de las 7 iba a haber más viento todavía, decidí bajar.
A las 5.30 desayuné y armé la mochila sin apuro, con tiempo para hacer las cosas a conciencia: desinflar la colchoneta, guardar la bolsa de dormir, ponerme de nuevo el pantalón frío y mojado del día anterior. Todo estaba congelado: las botas, rígidas, los cordones como alambres, el agua de la botella, hielo.
Cerca de las 7 me encontré, con todo listo, sentado en la carpa, pensando cómo desarmarla sin que se fuera volando.
Con mucho cuidado saqué los vientos y las estacas, envolviendo la carpa bajo los brazos para no soltarla —si se me escapaba, no la iba a ver nunca más— y la metí en una bolsa de residuos que había llevado justo para eso, para que la humedad no se pasara al resto de la mochila.
Empecé a caminar en la oscuridad, con la linterna frontal encendida y los dos bastones desplegados. El plan era simple pero cada paso dependía del anterior: llegar al filo, encontrar las huellas, seguirlas hasta el inicio del caracol y desde ahí serpentear en bajada hasta el arroyo del cerro Navidad. Todo dependía de las huellas de ayer.
¿Pero qué pasa cuando las huellas ya no existen?
Caminé hasta el único punto donde estaba seguro de dónde estaba; más allá era todo incertidumbre, oscuridad y una fuerte pendiente hacia abajo con nieve profunda.

Antes, pasé por donde debería haber estado el vivac de Stan y lo encontré vacío. ¿Se habría adelantado? Los europeos tienen otra disciplina, era posible que hubiera madrugado y ya estuviera bajando.
Seguí avanzando, solamente imaginando que sabía dónde estaba pero sin saber cuánto tiempo iban a durar mis propias huellas recién hechas en la nieve. Fue el momento “¿qué estoy haciendo?” que cualquiera que haya estado en la montaña conoce.
No había rastro de mi paso ni de Stan. Su lugar de acampe estaba muy expuesto, así que quizás había tenido que moverse. ¿Seguiría allá arriba?
No veía más que noche, nieve volando y viento. Encontré unas marcas parecidas a huellas y las seguí, sabiendo que cada una de esas decisiones en medio de la oscuridad, con el viento desorientando, podía dejarme en un lugar sin retorno. Casi pude ver cómo esas huellas se convertían en líneas de viento sobre la nieve, así que no perdí tiempo y volví rápido al último punto conocido.

Ahí empecé a ordenar opciones: volver al bosquecito cerca de la laguna y esperar el amanecer, o ir hasta el refugio. Pero, ¿y si con la luz del día las nubes seguían tapando la bajada?
Entonces me acordé: ¡el track que grabé el día anterior! Me puse de espaldas al viento, busqué en el inReach la actividad grabada y cargué la opción de navegación. Ahora solo tenía que seguir las migas de pan en la pantalla del Garmin. No era lo ideal, tenía fallas, pero era mi mejor opción.
Empecé a bajar a ciegas, por una pendiente empinada y con nieve profunda —en bajada el esfuerzo es distinto, así que avancé rápido—. Por sectores iban apareciendo las huellas del día anterior y enseguida se borraban de nuevo: hubo muchos zigzags, pero la tranquilidad de tener el rastro del inReach no tenía precio, ahí, de noche, con viento y nieve hasta la rodilla. La visión era de unos 5 metros hacia adelante, pero al menos el viento se iba quedando arriba: cada vez había más calma, en el aire y en mi cabeza.

Había escapado del viento fuerte y finalmente apareció el mismo plato naranja del día anterior, esta vez marcando el comienzo del caracol. Ahí las huellas también desaparecían por tramos, pero los límites de la vegetación indicaban el camino más fácil. Llegué al pie del caracol justo cuando empezaba a amanecer.
Desde ahí la caminata fue casi un trámite: me saqué la campera, tomé agua y encaré el paseo hasta Colonia Suiza.
Estaba en casa a las 14 hs.
Recuerdo que desde el pie del caracol, con la primera luz, miré hacia el cerro Negro: estaba todo despejado, solo algunas nubes pasando rápido y rozando las cornisas. Quizás me había preocupado de más —no había ningún indicio de una nube baja tapando la visión—.
Pero esa calma no cuenta la historia completa.

A la tarde, revisando Instagram, recibí un mensaje de Stan: en mitad de la noche había tenido que moverse a buscar mejor reparo del viento.
El viento también sacó del lugar donde dormía a otra persona, en otro punto de la misma montaña.
No lo hice con intención, pero creo que tuve una ventaja. El track que empecé a grabar el día anterior, sin ninguna necesidad aparente, fue lo único que convirtió una bajada a ciegas en casi un paseo.
Siempre se puede volver. Pero en este caso el regreso había empezado a trazarse antes de que me diera cuenta, en una decisión que en su momento pareció automática e intrascendente el día anterior.
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Buen relato, te recomiendo fuertemente si no lo hiciste que bajes la aplicacion Garmin Explore que es compatible con el Inreach Mini. Ahi podes ver el mismo track en vivo con mapas bajados offline, tanto recorridos anteriores como el track actual y es mucho mas facil de seguir en la pantalla grande del celu con el mapa que en el dispositivo.
Por otro lado, no entendí por qué el apuro de bajar antes de que salga el sol. Me pareció un riesgo innecesario, mas sabiendo que vas a caminar por riscos e intentando encontrar senderos/huelllas en nieve fresca y profunda.
Está bueno saber que el refu está abierto por si hay alguna emergencia.
¡Hola Juan! gracias por el mensaje.
Tengo instalado Explore y Messenger de Garmin en el celu, pero esa madrugada no lograba que se conecte el celular con el inreach, por lo que no lograba ver mi posición en el mapa del celular. Incluso ya había descargado la zona para ver offline.
Otra razón para tener un GPS dedicado.
Cuando me asomé fuera de la carpa a las 5 de la mañana vi todo alrededor con nubes cerradas y ya había mucho viento. El pronóstico me decía que a partir de las 7 iba a haber más viento todavía. Entonces, teniendo en cuenta que ya estaba todo cubierto y las condiciones empeorarían, decidí bajar.
Teniendo las huellas marcadas, es una bajada de 5 minutos hasta el caracol, pero me sorprendió que ya se hayan borrado. Aprendizajes de las particularidades del invierno. Con el track en la pantalla del inReach sólo tuve que seguirlo esos 5 minutos y ya estaba en un lugar más tranquilo, sin viento y solamente seguir el caracol.