Qué es la Vuelta al Huemul: técnica y exigencia
La Vuelta al Huemul es una de las rutas de trekking más exigentes de El Chaltén. A diferencia de los senderos tradicionales del Parque Nacional Los Glaciares, que cuentan con mantenimiento y señalización, este circuito rodea el Cordón del Cerro Huemul por terreno agreste y sin marcas claras. Esta característica obliga a una transición de la caminata convencional a la navegación de montaña, exigiendo autosuficiencia total, capacidad de lectura del terreno y experiencia previa en ambientes de alta exposición.
Datos de la travesía
- Distancia total: Aproximadamente 65 km.
- Duración estimada: 4 días.
- Desnivel positivo acumulado: ~2.800 metros.
- Hitos principales: Laguna Toro, Glaciar Túnel, Paso del Viento, Paso Huemul y Bahía Témpanos.
El Campo de Hielo Patagónico Sur
El punto de mayor valor visual de la ruta ocurre al alcanzar el Paso del Viento. Desde allí se accede a una vista directa del Campo de Hielo Patagónico Sur, la tercera extensión de hielo más grande del mundo después de la Antártida y Groenlandia.
Estos glaciares representan una de las reservas de agua dulce más importantes del planeta y son indicadores fundamentales del cambio climático global. Observar la inmensidad del Glaciar Viedma desde esta altura permite dimensionar la escala real del terreno que se transita.
Dificultad y Requerimientos
Este circuito no es un sendero de caminata convencional. Presenta dificultades técnicas específicas que lo categorizan como de dificultad alta:
- Terreno: Cruce de ríos, pedreros inestables, tránsito por glaciares y pendientes pronunciadas con exposición.
- Clima: El viento en los pasos puede superar los 100 km/h, lo que obliga a tener una ventana de buen tiempo confirmada.
- Equipo obligatorio: Además del equipo estándar de pernocte, es indispensable el uso de arnés y mosquetones de seguridad para el cruce de las tirolesas (río Túnel). El registro en Parques Nacionales es obligatorio y requiere la declaración de este equipo técnico.
La gestión del riesgo y la correcta interpretación de la cartografía son la base para completar el recorrido con seguridad.
Tabla de contenidos
Volví a El Chaltén, pero a diferencia de la vez anterior, esta vez el pronóstico se parecía más a una sentencia: quince días de lluvia y viento ininterrumpidos. Ni una ventana, ni un respiro.
El Chaltén
Santa Cruz El Chaltén
La Capital Nacional del Trekking ¿La Capital Nacional del Trekking? Como barilochense siempre me hizo un poco de ruido que otra ciudad fuera llamada…
Leer más →Cuando el tiempo se cierra así, uno empieza a negociar.
¿Qué estoy dispuesto a aceptar y a cambio de qué? Miraba los mapas y las fotos de la Vuelta al Huemul e intentaba cerrar un pacto invisible: empecé aceptando un primer día bajo lluvia y viento.
A cambio, el pronóstico me concedía dos días con poco viento y cielo despejado.
Es importante decir que en esta zona, con ráfagas arriba de los 100km/h, decir “poco viento” significa unos 50-80km/h. En cualquier otra circunstancia estos números equivalen a cancelar la salida.
Pero en este caso, después de tanta planificación, un viaje en avión y dos semanas fuera de casa con el pronóstico en contra, era un acuerdo aceptable.
Este pacto me alcanzaba para tener una vista clara a los Hielos Continentales. Un intercambio de esfuerzo por el paisaje. Una apuesta a ciegas donde la travesía siempre tendría la última palabra.
La Vuelta al Huemul fue una prueba de desgaste donde el viento me midió el equilibrio y, en esta época en particular, los ratones probaron mi paciencia.
Lo que sigue es un relato de esos cuatro días en los que las ideas que tenía en la cabeza se marcaron en el cuerpo.
Día 1: El Chaltén – Laguna Toro
16 km | +705m / -511m
El recorrido: Es la etapa de aproximación y la más protegida del itinerario. El sendero se inica en la Seccional del Parque Nacional Los Glaciares a pasos el ingreso a El Chaltén. Sube moderadamente primero por una zona de estepa y luego se interna en un bosque de lengas hasta los 1000 msnm. El desafío principal es el faldeo de la Loma de las Pizarras, donde el terreno se abre y queda expuesto al viento antes de bajar hacia el valle del río Túnel. Allí solamente hay algunos mallines y vadeos. Es un día para acostumbrarse al peso de la mochila y entrar en ritmo.
Acampe: Bosque cerca de Laguna Toro
El primer día de la Vuelta al Huemul es, en los papeles, el menos exigente. El tiempo abrió un paréntesis a partir del mediodía, así que no me apuré. Ese primer día me tomé la mañana para ajustar los últimos detalles en el hostel, ordené el resto del equipaje para el depósito y salí.
El equipo: el dilema del peso
Para esta travesía cargaba con un arnés y dos mosquetones (uno de aluminio y otro de acero). Aunque hoy el Parque Nacional Los Glaciares no lo exige como requisito —ya que es posible vadear el río Túnel en sus dos cruces— ya lo había llevado desde Bariloche. El resto de la mochila era equipo estándar de montaña, sumando una capa extra: campera y pantalón impermeables.
De todas formas, creo que podría haber armado algo más liviano.
El ascenso bajo la lluvia
Empecé a caminar un miércoles antes del mediodía, dejando atrás El Chaltén bajo una llovizna leve. Después de pasar la oficina de informes del PN Los Glaciares, el sendero sube gradualmente por la falda de Loma del Pliegue Tumbado, atravesando un ambiente de estepa.
Al poco tiempo, la llovizna se transformó en una lluvia más espesa. Con la mochila cargada y el cuerpo encerrado bajo la campera impermeable, la temperatura empezó a subir. En pocos minutos la remera estaba empapada en transpiración.
Es una sensación horrible: estar protegido del agua externa pero amenazado por el enfriamiento de tu propia humedad en cuanto el viento aparece.
Pampa de las Carretas
En la bifurcación al sendero de la Loma del Pliegue Tumbado, la pendiente dio un respiro. Pero, la lluvia se convirtió en nieve y el viento apareció con más fuerza.
El sendero se interna en el bosque de lengas buscando el filo de la loma. Dentro del bosque nevado, el sol logró filtrarse y encendió los colores del otoño. Los pasos se hundían con ese sonido sordo y particular de la nieve fresca.
Sin las huellas de quienes pasaron antes, hubiera tenido que recurrir al GPS constantemente; en este tramo no hay marcas visibles.
Eventualmente alcancé a un grupo. Daniel, un seguidor del canal de Youtube, me saludó. Iban con dos guías. Aunque prefiero la soledad, el encuentro bajó mi nivel de ansiedad: saber que había profesionales en la misma ruta, bajo estas condiciones, me dio una cuota de tranquilidad.
El valle del Río Túnel
Al salir del bosque, el paisaje se abrió hacia el sur. Aparecieron algunas estacas y el rumbo se hizo claro. Caminaba en subida sobre un manto blanco, donde los pasos se hundían hasta el tobillo. Debajo de nubes espesas apareció el Lago Viedma y, más al este, la estepa que antecede al pueblo de El Chaltén.
El viento no aflojaba; las ráfagas heladas levantaban la nieve del suelo y me envolvía.
Desde la parte más alta del faldeo, comenzó el descenso hacia el valle del río Túnel. El Cerro Huemul estaba enfrente, imponente con pinceladas de blanco, con la Laguna Toro brillando como una placa plateada al fondo del valle.
El rojo de las lengas estallaba en un paisaje que, de otro modo, era estrictamente blanco y negro.
La pendiente ahora cedió lugar a una pampa amplia con varios mallines distribuidos. Pero con tanto frío, pisaba más escarcha que agua.
El viento empezó a calmarse y pude levantar la vista para disfrutar del paisaje. Crucé un arroyo algo más caudaloso pisando unas ramas y encaré la última parte del día por un terreno llano.
Atravesé una última zona boscosa y llegué al cartel que indicaba el lugar del campamento Laguna Toro.
Laguna Toro: un campamento triste
El campamento de Laguna Toro se ubica en un codo, arrinconado entre la ladera del cerro y el amplio valle del río Túnel. Es un bosque que parece esconderse del clima.
La sensación es que en ese lugar todo busca esconderse del viento.
En este sector, los sitios para acampar están rodeados por reparos, muros de ramas entrelazadas. Esa tarde, bajo un cielo gris plomo y con el rugido del viento enojado por encima de las copas de los árboles, el lugar me resultó tenebroso.
Armé la carpa y me limité a lo básico: meterme en la bolsa de dormir y recompensarme con unos mates.
Caminé hasta el río para cargar agua y al hundir la botella en el río perdí la sensibilidad de la mano algunos minutos.
Hasta aquí el trayecto no es demandante físicamente, pero el desgaste de luchar contra el viento para mantener el equilibrio es agotador.
Me metí en la bolsa de dormir con ropa seca y unos mates calientes, esperando que se cumpliera el pacto: un primer día gris a cambio de un segundo día soleado.
Los dueños de la noche
No llegué a dormirme cuando el primer ratón pasó caminando sobre el mosquitero de la carpa. El otoño en Chaltén tiene los mejores colores, pero también la mayor actividad de roedores en los campamentos.
Cuentos y leyendas hay muchos. Desde gente que tuvo que regresar antes, sin comida, o encerrarse en la bolsa de dormir porque la carpa había caído bajo el dominio de los roedores.
En esta primera noche solamente los tuve recorriendo los alrededores. Por arriba, por abajo, su presencia me quitó el sueño.
Pero todavía no sabía cuánto más me iban a quitar.
Día 2: Laguna Toro – Refugio Paso del Viento
12.5 km | +919m / -674m
El recorrido: Es el día más técnico y visualmente impactante. Incluye el primer cruce de tirolesa (o vadeo) sobre el río Túnel y el tránsito sobre el Glaciar Túnel Inferior, donde se camina sobre una mezcla de hielo y piedra suelta. Saliendo del glaciar el punto crítico es el ascenso final de 3 kilómetros con 600 metros de desnivel por un acarreo a veces inestable hasta el Paso del Viento (1400 msnm). Es la jornada donde se gana el acceso a los Hielos Continentales y se requiere mayor atención a la navegación sobre el hielo.
Acampe: Alrededores del refugio Paso del Viento

El viento sacudió la carpa durante toda la noche. A las ocho de la mañana, todavía dentro de la bolsa de dormir, noté que el ruido había cesado. El pacto parecía cumplirse: salí rápido y me encontré con un valle en calma, apenas una brisa fría.
Un trato aceptable.
El grupo de Daniel y los guías ya se había marchado. ¿Ellos sabían algo que yo no, para salir tan temprano?
Me apuré a desarmar sin desayunar. Mientras terminaba, vi pasar a otro grupo y me sorprendió; estaba convencido de que no había nadie más en ese sector del campamento. Al borde de la laguna me alcanzó uno de ellos: eran estadounidenses y habían salido de El Chaltén a las dos de la mañana para evitar el mal tiempo del día anterior.
La primera tirolesa
Bordeé la laguna Toro bajo el aire helado y limpio de la mañana. Trepé por el sector de rocas que antecede a la primera tirolesa y navegué un océano de rocas erosionadas y pulidas.
El río Túnel pasa por aquí encajonado, rugiendo entre paredes estrechas. Podría vadearse unos metros más arriba o en el inicio de la laguna si las condiciones lo permiten.
Mientras los chicos del grupo de Estados Unidos cruzaban compartiendo un arnés, aproveché para desayunar: avena y leche en polvo con agua fría del río.
¿Ya dije que era mi primera vez cruzando una tirolesa?
Me puse el arnés, acerqué la roldana y enganché el mosquetón de aluminio. Colgué la mochila en el de acero.
Antes, me había asegurado de meter todo dentro de la mochila, que nada quede colgando de algún bolsillo exterior, como pueden ser las botellas.
Me uní con una soga de seguridad al mosquetón de la mochila y me deslicé hasta quedar colgado.
En la planificación, la etapa de la tirolesa nunca fue un obstáculo sino todo un desafío. Y ahí estaba, colgando de espaldas a varios metros sobre el río. No quedaba más que confiar.
Me vi haciendo lo que había imaginado hacía mucho tiempo. Moviendo los brazos y empujándome de espaldas, tenía la respiración agitada. Con un par de pellizcos en las manos por no usar guantes, llegué al otro lado.
En realidad, la parte más compleja de esta tirolesa fue encontrar un apoyo firme en la roca lisa del otro lado para descargar el peso de la mochila sin desequilibrarme.
Personalmente tuve que cruzar tres veces para recuperar la GoPro que había dejado filmando el inicio.
Primer gran desafío de la travesía: cumplido. Ahora se venía mi primera caminata sobre un glaciar.
En cuanto inicié la subida hacia la siguiente etapa, aparecieron las primeras ráfagas. Se acercaba el tránsito sobre el Glaciar Túnel Inferior.
Primer gran desafío de la travesía: cumplido. Ahora se venía mi primera caminata sobre un glaciar.
Glaciar Túnel ingerior
La bajada hasta pisar el hielo fue algo accidentada. Es que, debajo del acarreo de piedras casi llegando al glaciar, hay una capa de hielo negro muy resbaladiza. Entre la pendiente, la piedra suelta y ese hielo oculto, tuve varios resbalones antes de hacer pie firme sobre el glaciar.
Caminé sobre el glaciar como quien camina en un planeta nuevo. Es una mezcla de fascinación y desconfianza. La superficie de este glaciar es sucia, cubierta de piedras, pero hay grietas y espacios vacíos donde hay que prestar atención.
Detrás mío, desde el Cerro Huemul y sobre todo desde la morena lateral, bajaban ruidos constantes de desprendimientos de rocas. Una vez superada la impresión inicial, me enfoqué en encontrar la salida del hielo y retomar el rastro de la subida hacia el Paso del Viento.
El ascenso al Paso del Viento
La subida ladea la arista del cerro sobre mucha piedra suelta. Seguir el sendero es fundamental para no derrapar. El dibujo del camino se ve claro la mayor parte del tiempo, ganando altura en diagonal.
El viento aumentaba con cada metro. Hacia el norte, las nubes envolvían los cerros y descargaban cortinas de agua. Detrás mío, hacia el este, el glaciar brillaba bajo el sol y el valle del río Túnel se perdía en la distancia. Bajo el asedio de las ráfagas, miré por última vez hacia la Loma del Pliegue Tumbado. En ese momento, la idea de dar la vuelta y terminar la travesía ahí mismo me cruzó la cabeza.
Apreté los puños en los bastones y seguí. No se trataba solamente de subir la pendiente; el mayor esfuerzo era mantener el equilibrio para no terminar en el piso cuando las ráfagas me daban de costado. Hubo momentos en los que tuve que frenar, clavar los bastones y bajar la cabeza para aguantar de pie.
Necesitaba escapar de ahí.
Ahí, bajo el asedio, me pregunté si el pacto todavía seguía en pie o si la montaña me estaba pidiendo más de lo que yo estaba dispuesto a entregar.
Un manchón de nieve y el horizonte empezó a abrirse. Apareció una laguna congelada, tapada de nieve, y finalmente los Hielos Continentales.
Creo que me emocioné más imaginando el momento que viviéndolo. El viento de frente era tan violento que apenas permitía sostener la vista. La cámara temblaba en el trípode. No había posibilidad de detenerse a contemplar. Después de unos pocos minutos frente a esa inmensidad blanca, empecé la bajada.
Descenso al refugio es Paso del Viento
Con el viento ahora de espaldas, la bajada hacia el valle entre el Huemul y la morena fue compleja. El primer tramo es algo vertical y requiere usar las manos en la roca para bajar con seguridad, especialmente con los restos de nieve.
A medida que perdía altura, la pendiente se suavizaba, pero el viento no. La nieve delineaba el sendero en un paisaje desierto. Nada en ese lugar se animaba a asomar más allá del suelo. Pasé junto a una laguna de agua esmeralda cubierta por una capa de hielo y crucé un arroyo entre grandes bloques de roca.
Llegué al Refugio Paso del Viento agotado y fuera de eje. Pero sobre todo aturdido.
La sensación es que alguien había estado tironeando de la ropa para tirarme al piso durante todo el día.
El lugar tiene un montículo de rocas a un costado con algunas áreas de acampe y una lagunita de aguas agitadas. Con tanta humedad, me costó encontrar un lugar. Terminé instalando la carpa en un manchón de pasto donde, aunque sobraba un poco hacia los lados, estaba reparado.
Intenté estirar la tarde con unos mates. Llegaron otras personas al campamento: el grupo de argentinos que había visto antes y dos finlandeses con equipo algo más profesional que el resto. Los yanquis ya estaban dentro del refugio.
La noche es de los ratones
Faltaban algunas horas para la noche pero ya sentía los párpados pesados. Sentía dolores nuevos en las piernas. Debe ser el esfuerzo para mantener el equilibrio peleando con el viento durante todo el día.
La sensación es que alguien había estado tironeando de la ropa para tirarme al piso durante todo el día.
Cené cuando todavía había luz. Pensando en los ratones, cometí el error de creer que, metiendo la comida en varias bolsas una dentro de otra, estaría a salvo.
A las tres de la mañana me despertó un ratón corriendo muy cerca de mi cara. Al incorporarme, vi dos más dentro de la carpa. Les abrí para que salieran y descubrí que no solo corren, sino que saltan; uno me pasó por la espalda, casi volando. Habían perforado la carpa, la mochila y las bolsas estancas.
Junté lo que quedaba de comida y caminé en la oscuridad, el viento y la lluvia hasta el refugio, para colgarla en el alambre exterior, lleno de bolsas de otras personas. Me sentí un estúpido por no haberlo hecho antes. La travesía exige respeto pero los ratones me habían robado la dignidad.
Volví a la carpa y tapé el agujero principal con un parche que, por suerte, llevaba conmigo. El resto de agujeros tendrían que esperar a llegar al Chaltén.
Día 3: Refugio Paso del Viento – Bahía Témpanos
14.6 km | +639m / -1294m
El recorrido: Una etapa de transición por el borde del Campo de Hielo Sur con un fuerte componente de viento lateral. El sendero bordea la ladera sur y oeste del Cerro Huemul con subidas y bajadas constantes sobre terreno de montaña. El hito del día es el mirador del Glaciar Viedma para después llegar al Paso Huemul, seguido de un descenso muy pronunciado de casi 600 metros de desnivel en un kilómetro y medio hacia Bahía Témpanos en el Lago Viedma. Es una jornada de mucho desgaste para las rodillas y alta exposición a ráfagas en los filos.
Acampe: Bahía de los Témpanos o Bahía Cabo de Hornos
No pude dormir. Los ratones seguían caminando por el mosquitero y me despertaba sobresaltado a cada rato. Revisaba la carpa y volvía a acostarme. Afuera, el viento no paraba de rezongar y descargaba lloviznas intermitentes.
Antes de las siete escuché ruidos afuera. Seguramente los europeos ya estaban arrancando.
Encendí el piloto automático, ese que te mueve por inercia cuando el cuerpo preferiría quedarse adentro de la bolsa de dormir. Sin desayunar, armé la mochila y salí de la carpa con la linterna frontal.
Caminé los primeros minutos a oscuras entre paredes de roca, vallecitos y lagunas. De a poco, los hielos fueron despertando con la luz; una pincelada rosa encendió las cumbres del otro lado. Era un momento único, pero el viento me seguía castigando. No podía frenar, así que disfruté el amanecer en cuotas, mirando de reojo cuando el equilibrio me lo permitía.
El mirador del Glaciar Viedma
Cuando la luz se volvió gris, encontré una roca para sentarme a resguardo y descansar del ruido. Frente a mí se extendían los hielos de punta a punta.
El sendero bajó a un valle que me dio un respiro para desayunar. Mezclé avena con agua helada del arroyo y parecía que me había escapado del viento, pero fue una trampa: en cuanto empecé a comer, las ráfagas volvieron con todo. Tuve que atajar la carpa que había puesto a secar antes de que se fuera por el aire.
Seguí camino, vadeé un arroyo sin complicaciones y encaré el tránsito hacia el Paso Huemul. Antes de llegar al mirador del Glaciar Viedma, el sendero empieza una subida lenta y constante por la ladera. Eran los últimos metros con vista al Campo de Hielo.
La pendiente se puso intensa y el viento, como nunca en estos tres días, me empujaba hacia arriba. Tenía que clavar los bastones y sostenerme con fuerza para no rodar ladera abajo por el impulso de las ráfagas.
El Paso Huemul
Llegar al filo fue sentir el viento más fuerte de mi vida. Ya no eran ráfagas aisladas; era una masa de aire constante, furiosa y fría. Las cintas de la mochila me pegaban latigazos en la cara.
Apareció el Lago Viedma allá abajo y me asomé a un último mirador. Otro error. Una ráfaga me obligó a tirarme al piso para evitar caer rodando. Me quedé ahí, pegado al suelo, calculando los movimientos exactos para incorporarme y escapar de ese lugar.
A pocos metros del paso, bajando hacia el este, el viento dejó de alcanzarme. El silencio me rodeó de golpe. Aparecieron las primeras lengas rojas contrastando con el celeste del cielo y ese color irreal del lago. Escuché mis pasos sobre el pasto del mallín y el vuelo de unos pájaros.
Encontré un viejo sector de acampe en recuperación y decidí frenar. Apareció el sol y sentí como si fuera la primera vez que sentía su calor. Me saqué las capas de ropa que tenía encima. Me quedé en remera y caminé descalzo por el pasto. Después de tres días de botas apretadas, conectar con el suelo y sentir el sol en la cara fue casi como un renacer.
Mientras tomaba unos mates, ventilé todo: la campera de pluma flameaba sobre los bastones y la carpa se secaba estirada sobre las piedras. Eso sí: antes del primer mate, herví la bombilla y la cuchara. Después de la noche anterior, estaba seguro de que los ratones habían pasado por encima de todo.
Poco a poco estaba recuperando el control de la situación.
La bajada a Bahía Témpanos
Cerca de las dos de la tarde encaré el último desafío: el descenso a Bahía Témpanos. Fui muy tranquilo, cuidando las rodillas. Es un descenso largo pero no me resultó una bajada complicada; imagino que el entrenamiento en los cerros de Bariloche me sirvió para este tipo de pendientes.
Hay varios tramos con sogas fijas. Es importante saber que no las mantiene Parques, sino que las instalan los guías. Intenté evitar algunas, pero en otros puntos no me quedó otra opción que usarlas.
Llegué a la zona de acampe con los últimos rayos de sol. Estaba solo en toda la bahía. El lugar era algo lúgubre, con esos muros de ramas bajo el bosque cerrado, así que busqué un sitio bien pegado a la costa.
Lo primero que hice fue buscar una rama para colgar la comida lejos de los ratones. Recién ahí me senté a disfrutar de la tarde sin viento. Durante la noche los volví a escuchar caminando sobre el techo de la carpa, pero esta vez no pudieron entrar. Pero seguramente no quisieron.
Día 4: Bahía Témpanos – El Chaltén
25 km | +694m / -557m
El recorrido: La etapa más larga en distancia, caracterizada por un terreno llano y expuesto. Se camina por la costa del Lago Viedma y luego se atraviesa una inmensa estepa de pastizales y antiguos incendios. Incluye el segundo cruce de tirolesa sobre el río Túnel inferior (ya cerca de su desembocadura) y un tramo final de 9 kilómetros de marcha monótona por una huella de estancia y alambrados. El desafío aquí no es la pendiente, sino la fatiga acumulada y la distancia final hacia el pueblo.
Tampoco pude dormir mucho. Si no eran los ratones alrededor de la carpa eran golpes de hielo que caían al agua desde el témpano de la bahía.
A la mañana descubrí que la bolsa de comida, aunque estaba colgada, tenía un agujero nuevo. Por el tipo de marca parece que fue un pájaro; no llegó a pasar de la primera bolsa y casi ni tocó el contenido.
La buena noticia era que la mañana estaba impecable. El cielo se encendió pintando las nubes con unos colores que pocas veces vi. El témpano se había acercado a la costa durante la noche y me sirvió de modelo para las fotos.
Con las primeras luces y ya sintiendo el calor, arranqué la caminata hacia Bahía Cabo de Hornos por una zona verde y plana.
Al llegar a Cabo de Hornos recorrí el área de acampe y lamenté no haber tenido energía para llegar hasta ahí la noche anterior. Es un lugar mucho más amplio y acogedor. Me senté un rato en la playa. El cielo sobre el Lago Viedma se ponía violeta y unas nubes empezaban a asomar detrás del cerro Huemul.
El tramo de la estepa
Seguí bordeando el lago hasta cruzar un arroyo. Poco después, el sendero se separa de la costa y empieza una subida lenta por la estepa. Es un paisaje enorme de pastizales con restos de árboles de algún viejo incendio. Me iba despidiendo del lago y de la pared del Glaciar Viedma.
Cerca del mediodía el cansancio me alcanzó. Los pasos se sentían pesadísimos. Empecé a parar seguido, rogando que cada loma fuera la última, aunque como pasa siempre, la siguiente subida nunca es la última.
También, después de varias horas de silencio, el viento volvió a encontrarme. Primero ráfagas sueltas, pero al llegar a la parte más alta (unos 500 msnm) ya se había puesto serio de nuevo.
La bajada hasta el cruce del río Túnel se me hizo eterna. No tiene ninguna dificultad porque el sendero es claro, pero ya me costaba caminar veinte minutos seguidos. Paraba ante cualquier excusa para apoyar las manos en las rodillas repartiendo el peso de la mochila en toda la espalda.
Llegué al río Túnel realmente agotado y con hambre así que almorcé sin apuro y me tomé un gel energético para encarar lo que faltaba.
El último cruce
Traje la roldana con la soga de recuperación y subí la escalerita de pilotes de madera. A esta altura ya no había dudas como la vez anterior. Calcé la mochila por delante, me colgué de la roldana y crucé.
Esta última tirolesa es más extensa.
Recién al tocar el suelo del otro lado sentí que la travesía se terminaba. La tirolesa había sido el último gran obstáculo y, mientras caminaba junto al alambrado hacia el Embarcadero, me invadió esa alegría de desafíos superados y el plan cumplido.
Todo eso que alguna vez estuvo en mi cabeza ahora lo sentía en el cuerpo. Era palpable.
Cuando ves el mapa y las fotos por primera vez, te preguntás si serás capaz. Hasta que no lo caminás, hasta que no transpirás y sentís el cansancio, no sabés de qué se trata. Ahora ya lo sabía y estaba feliz.
Pero, viste que la felicidad tiene la duración de un suspiro.
Los 9 kilómetros finales
Pasé el Embarcadero y encaré lo que probablemente fue el tramo más difícil de toda la travesía. El cansancio se había apilado más allá de lo que los hombros podían cargar. Me quedaban 9 kilómetros. El viento se desató con la misma furia del Paso Huemul y empezó a llover con autoridad.
La travesía decidió romper el pacto en el último tramo.
El cuerpo ya funcionaba por inercia. El recorrido se mete en terreno de estancias, entre alambrados y algo de ganado. Son lomas que suben hasta una planicie infinita donde hay que seguir el alambrado recto durante casi tres kilómetros.
Finalmente llegué a la ruta. Caminé los últimos 400 metros y estaba de nuevo frente al cartel de ingreso a El Chaltén.
Llegar a ese cartel no fue un estallido de euforia. Vamos, no sería yo. Fue, más bien, un escalofrío de alegría.
La travesía me dio la vista infinita de los Hielos Continentales y la paz de Bahía Témpanos, pero a cambio se llevó pedazos de mi equipo, horas de sueño y una buena dosis de humildad frente a la nieve, la lluvia y el viento.
Ya no era el mismo que cuatro días atrás cuando ajustaba la mochila en el hostel con la ansiedad de quien mira un mapa por primera vez.
Me saqué las botas por última vez en este viaje. La travesía ya no era una idea rebotando en mi imaginación. Ahora estaba conmigo, guardada en el cuerpo.
Esa noche, sobre un colchón y sin el ruido de los ratones sobre el mosquitero, entendí de qué se trata esto.
La Vuelta al Huemul no es un trofeo ni una lista de cumbres. No debe haber mejor ejemplo de que lo importante es el camino.
Es la sensación de los pulmones inflados sin un centímetro más de espacio, el dolor en músculos que no sabías que tenías, el frío del río Túnel todavía grabado en los dedos y la certeza de que, aunque el viento siempre gane, uno puede aprender a caminar con él.
¿Qué hay que tener en cuenta para hacer la Vuelta al Huemul?
El registro es obligatorio y vital
La travesía de La Vuelta al Huemul está en lo que El Parque Nacional Los Glaciares define como ÁREA REMOTA. Son senderos fuera del circuito troncal de El Chaltén donde Parques Nacionales necesita saber quién está, porque es una zona donde los rescates son extremadamente complejos.
- El registro se hace online antes de salir. El link del registro de trekking del Parque Nacional Los Glaciares está aquí:
El clima manda (literalmente)
En la Vuelta al Huemul no se camina “a pesar” del clima, se camina cuando el clima te deja.
Ráfagas de más de 80 km/h en los pasos (del Viento y Huemul) pueden tirarte ladera abajo. Tenés que saber leer el pronóstico y estar dispuesto a esperar días en el pueblo.
¿Dónde mirar el pronóstico?
En Windguru no te fijes en el pronóstico de El Chaltén y enfocate en el Paso del Viento: https://www.windguru.cz/408849
Y concretamente mirá los modelos GFS 13km e ICON 13km.
¿Qué costo tiene?
Para hacer la vuelta al Huemul es necesario comprar la entrada al Parque Nacional Los Glaciares. Los costos están en el sitio de Parques Nacionales y hay descuentos por días consecutivos (FlexiPass x 3 días).
¿Cómo manejarse con los ratones?
En otoño no es un detalle menor, es un problema que te puede quitar el sueño. En los campamentos (Toro, Paso del Viento y Témpanos) los ratones perforan carpas, mochilas y bolsas de comida en minutos. La regla es que la comida nunca duerme con vos. Se cuelga de los árboles en los alambres destinados a eso o se aleja de la carpa.
Pueden morder cualquier cosa que tenga grasitud, como las empuñaduras de los bastones.
El tránsito sobre el glaciar
Vas a caminar sobre el Glaciar Túnel Inferior. Aunque es “hielo sucio” y no requiere crampones si elegís bien la ruta, el terreno es inestable. Hay grietas y, sobre todo, una capa de hielo negro muy resbaladiza bajo las piedras de la morena.
El equipo de seguridad para tirolesas
Aunque es posible vadear los ríos si el caudal está bajo, la mayoría opta por las tirolesas. Necesitas arnés, mosquetón de acero (para el cable) y mosquetón de aluminio (para vos). Usar aluminio sobre el acero del cable es un error peligroso.
- El equipo se puede alquilar en locales de montaña en El Chaltén.
- Si vas en grupo pueden usar uno sólo porque la persona que cruza lo envía al otro lado con la soga de recuperación.
Si preferís vadear el río tenés que llevar calzado para eso. El primer cruce me pareció más viable para vadeo que el último, donde vi el río con mucho caudal.
El descenso del Paso Huemul
Es la bajada más exigente de la zona. Son apenas 1.4 kilómetros con 550 metros de desnivel por un terreno de tierra suelta, rocas y raíces. Hay sogas fijas, pero no están mantenidas por Parques; testealas antes de cargarles todo tu peso.
Aquí los bastones son imprescindibles y las rodillas sufren el doble si la mochila va pesada.
Caminar en condiciones de nieve
Si te toca nieve el sendero desaparece por completo en el bosque y en el faldeo de la Loma del Pliegue Tumbado. No confíes solo en las estacas; tenés que saber usar un GPS o una app con mapas offline.
Autosuficiencia total
No hay refugios, no hay proveedurías, no hay señal de celular. Tenés que llevar comida para los 4 días (y un extra por si el clima te encierra), equipo de reparación e, idealmente, un comunicador satelital.
Agua y potabilización
El agua sobra, pero hay mucha fauna.
- Ganado el primer y último día
- Aves y roedores cerca de los campamentos.
Podés potabilizar con pastillas, gotas o filtro, si el lugar te da desconfianza. Pero en general no hay problema con el agua si la conseguís del río, lago o arroyos que bajen directo del cerro.
No tomaría el agua en los mallines del valle del Río Túnel en el primer día o en los arroyos de la estepa del último día.
Residuos
Como siempre. todo lo que llevás, vuelve. Esto incluye el papel higiénico y restos de comida. Es un ecosistema frágil y muy castigado por el viento; cualquier descuido termina con basura desparramada por todo el valle.
Mochila para la Vuelta al Huemul
Para la Vuelta al Huemul, la configuración de la carga está condicionada por la autonomía y el clima. Es indispensable una mochila de entre 60 y 75 litros que permita llevar el equipo de campamento, comida para cuatro días y los elementos obligatorios de seguridad.
Los bastones son fundamentales para mantener la estabilidad en pedreros inestables y para contener el impacto en el descenso del Paso Huemul, que tiene una pendiente muy sostenida hacia Bahía Témpanos.
Un cubremochila nunca está de más, aunque puede ser necesario reforzarlo con bolsas estancas internas (o una bolsa de residuos grande) para evitar que se filtre humedad.
La diferencia de equipo de esta travesía con cualquier otra es la necesidad de arnés y mosquetones de seguridad para el doble cruce del río Túnel (tirolesas inferior y superior).
Calzado para vadeo puede ser necesario dependiendo de la época para el cruce de algunos arroyos.
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En este tramo comparto material de apoyo —referencias del recorrido, fotos en mejor calidad y experiencias que me quedarían como referencia si tuviera que hacer de nuevo esta caminata.
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Espectacular Janis. Felicitaciones Totales!!!!