¿Tenía ganas de ir a Jakob?
No.
No siempre hay ganas de salir a caminar. Preparar la mochila, levantarse cuando todavía es de noche y empezar a caminar con frío no resulta tentador.
Pero sé que, aunque esté en casa preparando la mochila mientras afuera llueve y hace frío, en algún momento del sendero la magia va a aparecer.

En algún momento el aire empezará a oler a bosque, el reflejo del sol relampaguea en el agua del arroyo y, quizás, aparece eso inexplicable que salgo a buscar cuando la rutina de lo cotidiano se desvanece.
Digo “quizás” por que puede fallar. Muchas veces salí con la misma convicción y no encontré nada de eso.
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Esta vez, además, el pronóstico prometía sol. No podía quedarme a verlo desde la ventana de casa. Había que salir a buscarlo.

Sí. Aunque ya había subido a Jakob dos veces en menos de seis meses. Porque antes de ir a El Chaltén pasé por el refugio para subir al Cuernos del Diablo y, justo antes de las nevadas, volví para subir al Tres Reyes desde Brecha Negra.
También había recorrido varias veces los alrededores: Constructores y Cella, la Laguna Navidad por el Paso Schweizer y la Laguna de los Témpanos con raquetas de nieve.
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Entonces, ¿por qué volver a recorrer esos 14 kilómetros desde Tambo Báez hasta la laguna, esta vez en invierno y con la carpa al hombro?
Porque siempre hay algo nuevo para descubrir.
Quizás el recorrido ya me resultara conocido, pero esta vez la nieve y el frío iban a cambiar el paisaje.
El inicio no ayudó mucho. Estaba gris, frío y monótono.
Y para rematarlo, en la primera bajada dentro del bosque se había formado un verdadero tobogán de hielo. Terminé patinando unos diez metros mientras intentaba, sin éxito, mantener el equilibrio.
Cuando finalmente llegué al final de la bajada tenía el bastón algo doblado.

Y ahí empezó la etapa de bordear el arroyo Casa de Piedra.
Barro y agua.
Nieve y hielo.
Pero hacia adelante empezaba a formarse otra realidad. El cielo comenzó a abrirse y el barro fue dejando paso a la nieve. Y con ese cambio del entorno empezó a cambiar también mi estado de ánimo.

El cielo celeste resplandecía y la nieve empezaba a cocinarme de a poco así que paré para llenarme la cara de protector solar y sacar de la mochila los anteojos de sol.
Después de cruzar el puente decidí que era un buen momento para descansar.

En uno de los codos del arroyo bajé hasta una pequeña playa que en verano suelo usar para refrescarme. Esta vez me senté sobre un colchón de nieve y almorcé acompañado por unos mates.
Ahí estaba el agua del arroyo en un remanso, bajo un cielo despejado. Respiré profundo con la cara al sol y el aire inmenso y limpio me inundó.


La magia empezaba a suceder.
Desde ahí decidí calzarme las raquetas. El calor estaba ablandando la nieve y había empezado a hundirme y resbalarme cada vez más.
Una de las ventajas de empezar a caminar temprano y tener como objetivo pasar la noche en carpa es que no hay necesidad de correr, uno puede dejar de mirar el reloj.

Así que el ritmo acompañó esa idea. Caminé tranquilo, alternando momentos de caminata intensa con paradas largas para sacar fotos, grabar algunos videos o simplemente quedarme quieto en medio del valle.
Mirar los filos cargados de nieve.
Escuchar el silencio.
Ver el arroyo allá abajo.

El bosque apareció cuando ya se hacía rogar. Las ramas desnudas de los árboles dejaban pasar el sol de la tarde y el sendero serpenteaba entre los troncos.
Un último descanso antes del caracol me sirvió para recargar energías y tomar impulso.
El caracol de Jakob es un buen momento para ordenar la caminata.
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Bajar la cabeza, sincronizar las manos manos y las piernas y respirar con coordinación.
Es como una especie de meditación. Me olvido de las vistas, de donde vengo o a donde voy y solo existe el siguiente paso.

Después llegó el puente de metal, la vista infinita al valle y el último tramo. Con nieve, el recorrido se separa bastante del que hacemos habitualmente en verano.
Esta vez hay que girar hacia la derecha y ganar altura rápido, para después avanzar por un terreno más plano, navegando sobre la nieve y llegando al refugio desde arriba.
Ahí estaba el refugio San Martín.
Jakob.

En el refugio estaba Alan, el refugiero de turno, y apenas unas tres personas más.
Pasé a saludar y a pedirle un poco de agua caliente para los mates que tomaría armando la carpa.
Con todo listo para pasar la noche, justo al atardecer, salí a recorrí las vistas sobre el valle y caminar sobre la laguna.

Y fue durante esas caminatas cuando noté algo que Alan me confirmaría en otra charla.
Había muy pocas huellas. Ni en los miradores sobre el valle ni sobre la laguna se veían rastros de raquetas o siquiera pasos.
¿Por qué me sorprendió?
Me intriga pensar por qué muchas personas llegan hasta un lugar como Jakob y no salen a explorar. Alan me contaría algo parecido.

Hay visitantes que llegan al refugio y prácticamente no recorren el entorno.
Me cuesta entenderlo, porque Jakob es justamente uno de esos lugares que invitan a salir a caminar sin un objetivo demasiado preciso.
No hace falta subir una cumbre.
No hace falta completar una ruta.
Simplemente salir, caminar y ver qué hay del otro lado.

En cambio, muchas veces la primera preocupación parece ser qué hay para consumir, mirando los estantes del refugio en busca de paquetes de galletitas.
Quizás sea otro indicio de cómo está cambiando nuestra relación con la montaña y con los refugios.


El cielo se encendió entre roza y violeta y en pocos minutos los filos blancos incendiados de rosado se apagaron. La noche aterrizó con mucha calma.
La nieve brillaba bajo una luna gigante.
Con esta calma rodeándome, dormí muy bien.



La mañana, fue bastante distinta de lo que había imaginado. Abrí los cierres de la carpa y del otro lado estaba amaneciendo un día gris. Calmo, pero con las nubes muy bajas, tapando las cumbres cercanas.
Desayuné rápido para salir a caminar porque pensaba que, como el día anterior, a media mañana las nubes empezarían a moverse.
Bajé otra vez hasta la laguna y esta vez encaré hacia el sur, buscando la subida hasta la Laguna de los Témpanos.

Seguí el rastro de un par de esquíes que terminó llevándome hasta la laguna.
El trayecto desde Jakob hasta Témpanos fue casi un trámite. Como se hace sobre la laguna Jakob y se sube rápido sobre la pendiente suave de la nieve, no tiene los obstáculos de roca del verano.
Pero el día no solamente seguía gris. No había ningún indicio de que el cielo fuera a abrirse. Ni siquiera un pequeño claro entre las nubes.
Desde el fondo de la laguna de los Témpanos, con la pared de rocas tan característica detrás mío, miré al otro lado. Estaba todo blanco y helado. Pero allá lejos, una fina línea oscura era todo lo que había entre las nubes y el hielo. Parecía dibujada.

Ahí, me di cuenta.
Soplaba un viento helado y yo estaba parado sobre el hielo, rodeado de nieve y rodeado por las nubes. No había nadie más.
No encontré ningún paisaje espectacular, solamente esa línea dibujada en el horizonte.
Me di cuenta que no hacía falta ni el sol ni el cielo celeste. Que me estaba conmoviendo por esa sola línea allá lejos, el viento y el silencio.

No tenía sentido buscar nada más, ni esperar el sol o el cielo celeste y decidí volver a Jakob. Era momento de desarmar la carpa y empezar el regreso a casa.
Atravesé nuevamente la laguna Jakob, entre el blanco del hielo y las nubes cada vez más bajas.
Cuando llegaba al refugio vi las figuras de los últimos visitantes emprendiendo el regreso hacia Bariloche.
Alan estaba solo en la cocina del refugio y pasé a saludar.
Conversamos sobre esos días de soledad en el refugio, sobre planes y caminatas pendientes.
Y, por más que disfrutara de la charla, no me quedaba otra que empezar a bajar si quería llegar con luz a Tambo Báez.
Iba a decir que Jakob siempre sorprende. Que siempre es distinto. Pero, en definitiva, cualquier lugar en las montañas cambia con cada temporada, cada día y hasta con cada hora.
Esta vez pude conocer Jakob en invierno.
Con una tarde de sol.
Con un atardecer pintado.
Con una noche completamente despejada.
Y también con una mañana gris que no se pareció en nada a lo que había imaginado.
El verdadero premio detrás del esfuerzo no siempre tiene la obviedad un paisaje de película.
Quienes salimos a caminar, aún sin quererlo, la recompensa puede tener la simpleza de una línea trazada como con un lápiz entre el hielo y las nubes.

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