El Área Natural Protegida Río Azul – Lago Escondido (ANPRALE) en El Bolsón alberga una de las redes de refugios más extensas de la Patagonia. El Circuito Troncal, que conecta la zona de Confluencia con el Lago Lahuán (Los Laguitos), es mucho más que un sendero de acceso: es un corredor de biodiversidad cargado de hitos.
Realizar este recorrido implica gestionar 27 kilómetros y un desnivel de 1000 metros, pero la verdadera riqueza está en sus paradas intermedias: desde los pozones del Cajón del Azul con su cascada en el nacimiento, hasta miradores estratégicos como el Paso de los Vientos .
Sorteando las restricciones actuales derivadas del incendio de enero de 2025 (que aún mantiene cerradas conexiones clave), una planificación que priorice el disfrute por sobre la velocidad permite descubrir la mística de refugios como El Retamal o Los Maníos y alcanzar el filo del Cerro Año Nuevo con resto físico para la admiración.
El Circuito Troncal de El Bolsón
Por el feriado de carnaval, tenía cuatro días disponibles y de la lista de pendientes elegí uno grande: conocer el Circuito Troncal del ANPRALE en El Bolsón.
Me había quedado pendiente desde mi última visita a finales de 2025, cuando había pasado por el Cerro Hielo Azul. En aquel momento había programado bajar desde Lago Natación hacia el Río Azul, pero el ANPRALE recién estaba abriendo la temporada y la conexión estaba cerrada todavía por los efectos del incendio de enero de 2025.
Y hoy, en 2026, todavía lo está.
Estudié durante algunos días el recorrido y fui marcando algunos hitos; lugares que sí o sí tenía que conocer. Saliendo desde Wharton, estos puntos eran el Cajón del Azul, el refugio El Retamal y la zona de Los Laguitos, con el objetivo principal fijado en el Cerro Año Nuevo.
Con cuatro días disponibles y el pronóstico acomodándose a los planes, elegí no liquidar el físico arriesgando todo y decidí tomarme las cosas con calma. Puedo decir con orgullo que esta vez los obedecí.
No sólo se cumplieron las expectativas, sino que se superaron. Incluso con un plan conservador, resultó una travesía exigente físicamente.
El cronograma quedó armado así:
- Sábado Día 1: Llegar a El Bolsón desde Bariloche y salir desde Confluencia hasta El Retamal.
- Domingo Día 2: El Retamal hacia Los Laguitos y visita al Lago Soberanía.
- Lunes Día 3: Ascenso al cerro Año Nuevo.
- Martes Día 4: Bajada a Wharton y vuelta a Bariloche.
Durante los días de planificación, con un ojo en Windguru y otro en el mapa, consideré cómo llegar a Los Laguitos el primer día. Así le ganaba una jornada a la lluvia que se anunciaba para el momento de subir al cerro Año Nuevo.
Pero a último momento el pronóstico de lluvia se pasó al martes y fue cuando decidí repartir el tramo hasta Los Laguitos en dos días. Al fin y al cabo, son unos 27 kilómetros con un desnivel de 1000 metros y mucho para ver en el camino: miradores, saltos de agua y la posibilidad de parar en cada refugio a observar.
¿Para qué correr, no?
Con esa mentalidad salí hacia El Bolsón desde Bariloche: disfrutar de cuatro días en un lugar cargado de mística y magia, pero al mismo tiempo esquivar el mar de gente que viajaría hacia allá con la misma intención que yo.
De Wharton a El Retamal: pozones y la gestión de la calma
Ya en el ingreso al portal de la Confluencia, estacionando en Wharton, había gente esperando el chequeo del registro de trekking en el puesto del ANPRALE. Personalmente tuve problemas para hacer el registro online en casa, así que llegué con la idea de hacerlo allí mismo.
Superé los trámites administrativos y empecé la caminata cerca de las 11 de la mañana. El tiempo estaba ideal para el subibaja que se venía: los días previos había estado lloviendo y nevando en las cumbres, y este sábado 14 estaba nublado con algo de viento.
Bajé hasta la confluencia de los ríos Azul y el Encanto Blanco, crucé sus pasarelas y empecé la subida hasta el Mirador de los Pilches. En todo el tramo hasta el Cajón del Azul fui pasando mucha gente; que iba y que venía. Pocas veces estuve en un tramo del sendero sin ver a otra persona.
Todo el recorrido se hace por un camino vehicular, usado fundamentalmente por cuatriciclos que los refugios y el personal del ANPRALE utilizan para el abastecimiento o emergencias. Este camino sube, baja y serpentea debajo del bosque, acercándose a miradores hacia el río, pasarelas o ingresos a los refugios.
Desde la zona del Cajón del Azul —donde está el refugio, el encajonamiento y el nacimiento— hacia arriba, ya me encontré con mucha menos gente. No solo eran menos, sino que estaban más equipadas para pasar varios días de campamento, con mochilas de todos los tamaños.
Hice el desvío por la zona del Cajón y visité la zona del cajón y continué hacia otros miradores. El grueso de la gente se queda en el primer mirador y regresa.
Luego conecté con el sendero a la cascada del Nacimiento. Así, había esquivado el refugio del Cajón del Azul pero ya estaba a pocos metros de tomar el desvío hacia el Refugio El Retamal. Hasta ahí, había recorrido unos 12 kilómetros con +764 metros de desnivel.
Refugio El Retamal: la atención en los detalles
El Refugio El Retamal era otro pendiente. Siguiendo la cuenta de IG del refugio me llamaba la atención la prolijidad de su entorno y la forma de administrar el lugar. Y así fue: todo el sitio está cuidado y se destaca entre los refugios de El Bolsón por el rigor en los detalles.
Desde el césped que antecede el ingreso, el área de acampe bien definida, los tanques australianos, su huerta, baños y quinchos; hay señales de cuidado donde mires. Además, hay horarios y reglas que se imponen ante los pedidos a veces descabellados de los visitantes.
Elegí mi lugar para la carpa, al borde del área de acampe y orientada hacia afuera. Pasé a pedir agua caliente (disponible gratis fuera del horario de cocina) y me senté en el césped con unos mates.
Este fue otro detalle del viaje: llevé un termo con el mate para obligarme a hacer el recorrido en calma.
Llegué temprano, 15:30. ¿Podría haber seguido caminando hasta otro refugio? Seguro que sí, pero quería evitar agotar el cuerpo el primer día y guardar resto. Así que, a pesar de haber liquidado algo de tiempo entre la carpa y los mates, todavía tenía varias horas de luz.
Decidí visitar el mirador del Paso de los Vientos, a pocos minutos del refugio. Crucé una tranquera y emprendí la subida que lleva a la conexión con el refugio del Dedo Gordo. En algún lugar se hace el desvío y en 20 minutos se llega al mirador.
Y menos mal que no me quedé descansando en el pasto. La vista es impactante. Encontré algunas pircas que me llevaron más allá de las marcas de pintura y descubrí vistas hacia el valle del Azul que se sumaron a la panorámica del Río Rayado. Por ahí abajo seguí con la vista el recorrido que me esperaba al día siguiente.
Bajé de nuevo hasta El Retamal. Sólo me quedaba preparar la cena y descansar.
Valle del Río Rayado: De la calma de La Horqueta a las tortas fritas en Los Mañíos
Al día siguiente salí muy temprano de la carpa. Mientras todos dormían, atravesé la zona de acampe en silencio hacia el quincho del refugio para desayunar.
Mientras el agua se calentaba y el sol encendía las laderas cercanas, aproveché a sacar fotos del lugar sin gente. Después de secar al sol la carpa, inicié la caminata del día bajando hacia el circuito Troncal.
Recién eran las 9:00 y atrás quedaba el refugio despertando a la rutina de todos los días.
Bajé por el bosque hasta el río Azul. El aire estaba frío y el bosque de coihues altísimos estaba oscuro y húmedo. Pasé el desvío hacia los refugios Casa de Campo y Del Conde y llegué a La Horqueta.
La Horqueta está en un lugar amplio, fuera del bosque y bajo un enorme cielo. Algunas casas y galpones rodeados de pasto y algunos animales de granja atrás de un alambrado. Es de esos refugios donde su impronta principal todavía es la de una chacra con la opción de refugio y camping.
Pasé la tranquera y un hombre mayor, con botas de campo, bigotes blancos y mirada tranquila, me saludó amable. A lo lejos, unas personas con mochilas desayunaban en una mesa.
Dejando La Horqueta, hay un recodo del Azul muy fotogénico antes de entrar al bosque. El camino sube y se mete de nuevo en la espesura. Empieza el tramo hasta el Mallín de los Chanchos, con el desvío a Encanto Blanco (que queda en otro valle) y la llegada a Los Mañíos.
Este tramo deja atrás el valle del Río Azul y, desde ahora, sigue el del Río Rayado. Antes de llegar a la zona del mallín, el sendero sube y baja serpenteando en el bosque. Los troncos altísimos elevan las copas de los coihues al cielo, buscando la luz.
Cerca de las 10:30 llegué al ingreso del Refugio Los Mañíos. En realidad, tomé el desvío porque podría haber seguido caminando por el sendero principal, pero me tentó el cartel que anunciaba tortas fritas.
En la mochila tenía el termo y el mate. Así que, con un poco de agua caliente del refu, me senté junto al río a descansar un rato.
Refugio Los Laguitos y Lago Lahuán
Desde Los Mañíos empezaba la última etapa hasta el Refugio Los Laguitos, junto al Lago Lahuán.
Saliendo del refugio comienza uno de los bosques más hermosos y mágicos que recuerde. Y que lo diga yo tiene otro valor, porque los bosques suelen aburrirme.
El camino sigue un par de horas con poco desnivel, pasando cada tanto por algún codo del Río Rayado. El agua baja en arroyos desde el cerro y se une al cauce principal del Rayado. La calma tampoco se termina con la subida. Empieza con decisión y atraviesa un Alerzal Milenario. Hay un ejemplar inmenso justo junto al cartel indicador.
Esta subida tiene un par de pendientes realmente intensas que me obligaron a encararlas en cuotas. Por momentos, me encontraba apoyando las manos en las rodillas y con la mirada en el suelo, mientras las gotas de transpiración golpeaban la tierra. Cuando finalmente la subida afloja, en poco tiempo aparece el Lago Lahuán y el camino lo rodea hasta llegar al refugio.
Entré al Refugio Los Laguitos a las 13:30. Como es norma, hay que dejar el calzado y la mochila afuera para registrarse y recibir las indicaciones.
En este caso, el agua caliente se cobraba: solo un termo gratis, el resto a $1000. Elegí un lugar de acampe alejado, bien metido en el bosque, para protegerme de la gente y del viento algo frío que empezaba a levantarse en la costa.
Lago Soberanía
Dejé armada la carpa y, con el almuerzo todavía en los cachetes, empecé la caminata hacia el Lago Soberanía. Me habían avisado que eran 5 kilómetros, todo en bajada. Y así fue. Llegué en una hora y media a la costa del lago, encontrándome con su paisaje emblemático con el Cerro Erizo enfrente.
Había iniciado el viaje con la idea de llegar al Lago Escondido, pero otra vez preferí priorizar el disfrute y dejar la exigencia para otro momento. Así que encontré un rincón alejado de los grupos y me zambullí en el agua.
Mientras esperaba que se secara el pantalón corto —odio caminar con la ropa mojada—, descansé sobre un pedazo de césped. Escuché jabalíes en la costa de enfrente y, en cuanto apareció una vaca con su ternero, preferí dejarles el lugar. Al fin y al cabo, el sol ya se iba acercando a los filos y el pantalón estaba casi seco.
El regreso al refugio fue todo en subida, pero lo encaré fresco y descansado. Ya en la carpa, con los auriculares puestos, me refugié del ruido de la zona del refugio para descansar.
Ascenso al Cerro Año Nuevo
Picante para subir
El plan para el lunes feriado era subir al Cerro Año Nuevo. Sentía las piernas pesadas desde los primeros pasos. El sendero sale desde la zona de acampe, recorre el borde de la laguna Lahuán y, a los pocos minutos, un cartel señala el desvío hacia el cerro.
La senda sube por el bosque intercalando cauces secos de arroyos. Hay marcas rojas muy viejas en árboles y rocas. Tiene tramos marcados por el barro y la pendiente, donde hay que agarrarse de los troncos disponibles para empujar hacia arriba.
Hubo un lugar en particular donde perdí de vista una marca y continué varios minutos jabaliceando hasta llegar al borde de una caída, con una cascada enfrente y el arroyo abajo. Tenía que haber un error. Consulté el GPS y confirmé que me había desviado. Regresé y encontré la marca que indicaba la salida del bosque hacia el encajonamiento del arroyo.
Desde ahí, dejé la línea de vegetación y transité por una zona de rocas sueltas con poca pendiente. Seguía habiendo marcas y pircas que me acercaban a la pared de roca lisa.
Empezaba la parte más divertida de la subida: trepar entre escalones de piedra y caminar por superficies lisas. El deshielo formaba hilos de agua que trataba de evitar para no resbalar.
La subida se hace larga y, por la pendiente, no se ve el filo del cerro hasta estar casi encima. Hay que mantener la concentración buscando los pasos hasta las marcas. Casi sobre el filo, el terreno se vuelve arenoso y reaparece el Lago Soberanía y la forma peculiar del cerro Erizo.
El filo noreste del cerro Año Nuevo
El recorrido no llega a la cumbre (ubicada mucho más al sudoeste), sino al filo sobre el noreste. Hay unas torres de roca que sirven de miradores. Atravesé las primeras para llegar a unas un poco más atrás. Ahí me senté al sol a sacar fotos, filmar y descansar.
El rompecabezas se iba armando. Desde ahí encontré el recorte inconfundible del Piltriquitrón y adiviné la cumbre del Hielo Azul. Hacia el sur, el Lago Lahuán y el espacio del refugio Los Laguitos. Al lado del Soberanía, asomaba el Lago Montes.
Como suele pasar, no me quería despegar del lugar, pero ya estaba en el punto donde empezaba el regreso definitivo. Desde esta torre solo quedaba volver a Bariloche.
Peligroso para bajar
El descenso no fue tan divertido. Exige mucha más concentración y cuidado. Aunque me pasó volando un chico que parecía flotar sobre las rocas, para mí fue una bajada compleja.
De hecho, ya en el bosque me crucé con dos personas que horas más tarde serían rescatadas (podés ver la noticia aquí).
El regreso: La calidez de Los Maníos y el descenso final
Llegué a la carpa y me dormí una micro siesta. Me debatía entre empezar el descenso hacia el valle en ese momento o descansar y bajar el martes..
Me ganó la segunda opción por estrategia: podía adelantar algunos kilómetros. Pasé por el refugio a saldar el acampe y continué con energía, dudando si dormir en Mañíos o en La Horqueta. Pero al final del descenso desde Los Laguitos, en el valle del río Rayado, los pasos ya eran cortos, trabados y a los tropezones.
Tomé de nuevo el desvío hasta Los Mañíos y acampé ahí.
Cada refugio tiene lo suyo: si Retamal es la prolijidad, Los Mañíos es la calidez de su gente. No es un lugar amplio, pero hay un enfoque en el bienestar del visitante. Aquí el agua para el mate no se cobra, te comparten el wifi sin preguntar y hasta la ducha está incluida en el costo del acampe.
A la noche se descargó una lluvia importante.
Salí algo tarde de la carpa esperando que amaine. Me llevé una torta frita en la mano y emprendí el descenso final. A las 14:30 ya estaba en el estacionamiento de Wharton encendiendo el auto para volver a Bariloche.
Para cerrar este recorrido por el ANPRALE, queda claro que el éxito de la travesía no radica en la velocidad, sino en la capacidad de habitar cada rincón del valle.
La red de refugios de El Bolsón invita a fragmentar el Circuito Troncal de manera pausada, transformando lo que podría ser la persecución de un objetivo en una experiencia de contemplación.
Tomarse una semana entera para recorrer estos senderos permite dedicarle tiempo a cada parada, disfrutando de los pozones del río, los miradores y la mística de sitios como El Retamal o Los Mañíos, llegando al filo del Cerro Año Nuevo con la energía necesaria para simplemente sentarse a observar.
Recorrer el valle del Río Azul y el Río Rayado sin apuro es la mejor forma de conectar con el entorno.
La densidad de hitos, desde el Cajón del Azul, el Paso del Viento, el Alerzal Milenario hasta el Lago Soberanía, justifica un ritmo de tramos cortos que permita conocer los refugios y entender los tiempos del bosque.
Al hacer trekking en El Bolsón, el verdadero valor aparece cuando dejamos de contar kilómetros y empezamos a contar momentos de calma, logrando que el regreso a Wharton sea el cierre de un viaje pleno y no el agotamiento de un objetivo cumplido a las corridas.
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